Rompiendo un foco.

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sábado, 26 de marzo de 2011

Slim no paga, para que le paguen.



En su texto “Pleito en Prime Time” publicado en La Razón el lunes 28 de febrero, Raymundo Riva Palacio sostiene que el conflicto entre el hombre más rico del mundo, Carlos Slim, y las televisoras, “se está dando en un campo sin reglas y podría llegar a ser salvaje”. Sostiene que “Televisa y Tv Azteca tienen pantallas para defenderse, pero Slim es el financiero de cuando menos un gran periódico en la ciudad de México, de varias publicaciones de élite y (es) mecenas de intelectuales y periodistas, o de sus familiares”.

Luego habrá que referirse a las “publicaciones de élite” patrocinadas por el dueño de buena parte del Producto Interno del país, y a los intelectuales y periodistas que con sus familiares disfrutan del mecenazgo del ingeniero, de acuerdo al autor de la columna “Estrictamente personal”. Pero por lo pronto todo hace pensar que el “gran periódico” que financia “en la ciudad de México” es Reforma, a juzgar por sus giros editoriales a raíz del estallido del “Pleito en Prime Time”.

El jueves 24 de febrero apareció un cambio al estilo juguetón en la columna institucional “Templo Mayor”, publicada diariamente con el seudónimo “F. Bartolomé”. Empezó por meterse con toda seriedad en “la cabeza de Carlos Slim” para escuchar resonar allí “aquel viejo refrán que dice que ‘Ningún malagradecido siente el favor recibido’”. De allí, la columna pasaba a reprocharle a las cabezas de Televisa y Azteca su ingratitud tras los favores recibidos del magnate, como el de haber ayudado a Emilio Azcárraga Jean a hacerse del control de la empresa de su padre por la vía de comprarle acciones y “luego entregárselas”. O como el de ir a poner en orden al presidente Fox y a su secretario de Hacienda Francisco Gil a fin de que dejaran en paz al indefenso Ricardo Salinas Pliego.

Pero la cosa no quedó allí. Fue un “componente de solidaridad el que lo llevó a actuar de esa manera”, prosiguió el texto, en la continuación de este retrato de un padrino benefactor. Y ahora sí, “Templo Mayor” quedaba al margen del menor parecido con el perfil de una columna de humor ligero, para convertirse en una columna de humor involuntario. “Cuando lo necesitaron, él los salvó”, siguió el texto, extraviado ya de cualquier género periodístico, y “hoy le juegan las contras” para “cerrarle el paso a la pantalla” y “arrancarle parte del mercado telefónico”. Difícil encontrar una muestra de mayor desequilibrio editorial. Y difícil también hallar una defensa más explícita de un monopolio al que unos ingratos le quieren “arrancar” parte del mercado que controla en su calidad de monopolio bueno de las telecomunicaciones, al tiempo que esos mismos ingratos le cierran el paso a la pantalla al buen monopolista, con lo cual le impiden entrar al monopolio malo de las televisoras.

Y todavía faltaba el “Templo Mayor” del día siguiente, 25 de febrero, con una justificación del uso como arma de presión de la condición de primer anunciante en los medios mexicanos, es decir, como el mayor transferidor de recursos a las empresas informativas, vía inversión publicitaria, con el retiro de la publicidad como castigo a los medios indóciles con el que paga, o con la derrama generosa del gasto publicitario a los medios dóciles al benefactor.

Algo así como el no pago para que me peguen del presidente López Portillo cuando le retiró a Proceso la publicidad del Estado, por aquel tiempo el primer anunciante en los medios. Sólo que López Portillo sigue pagando por aquel desplante del poder del entonces primer anunciante de la república, mientras Reforma erige en víctima de la ingratitud al poder que sustituyó al estado en este y en otros campos. Supongo que a esto se refería Raymundo Riva Palacio.

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